jueves, 5 de agosto de 2010

Ocenano

Aun no estoy cerca y ya escucho el vaivén de las olas, ni siquiera lo veo y mis ansias de saludarlo son como las de un enamorado que no ve la hora para estar con su amada.
El clima ya es como el de una habitación donde la pasión ha sido desatada tibio, salado y húmedo, con vejo de sosiego después de la fatiga.
El camino se va desviando paralelamente del sonido, sigo adelante mientras el camino va acercándose a la brisa del océano miro a mi izquierda para contemplar el follaje de los árboles tropicales y en un pequeño claro… ahí esta con toda su magnificencia divina, con todo su poderío contra la tierra, con la inmensidad de los amorosos en sus sentimientos.

Encuentro un sendero que me acerca a el, recorro el ultimo tramo a pie pues el auto puede atascarse, me quito los zapatos para sentir la arena en los pies, al estar a la orilla el agua puede acariciarme, me invita a amarla y hacerla mía, tomo mi tiempo para contemplar la marea, parece que el mar hace el amor con la tierra a veces arremete con fuerza una ola y en tiempos lo hace suave y en cada ola la tierra cede un poco de arena y el mar la devuelve como un beso de amantes.

Me despojo de mis ropas y comienzo a caminar hacia la inmensidad cuando las olas sienten mi presencia he intentan arrastrarme a la orilla como si fuera un intruso que las molestase en su ritual de amor.

Comienzo a nadar librando una dura batalla parece que el oleaje aumenta para que desista en mi intento por entrar en el, mi respiración se agita, quiero conocer de que soy capaz no me detendré hasta que mi corazón deje de latir, a cada brazada me alejo de la orilla, el sol parece un espectador de la batalla, riendo como si mirase 2 gladiadores en un coliseo luchando a muerte.

Ya no puedo mas, mis músculos dan lo que queda de si, un veo la orilla y siento que desfallezco y como si dios me llamase mi cuerpo se detiene y se relaja, comienzo a flotar a merced de la corriente y esta como si fuera una triunfadora honesta me va arrastrando de nuevo a la orilla al cabo de algunos minutos siento la arena mojada sobre mi cabeza y entre las olas y la arena me empujan tierra adentro como un hombre herido en batalla, me levanto con una sonrisa en el rostro aun después de haber perdido una batalla, pues me doy cuenta de que solo soy un hombre jugando en el jardín de Dios .

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